La mayoría de las personas y algunos profesionales de lo que se denomina Psicología Positiva albergan la creencia más o menos explícita de que es posible incrementar la propia felicidad y la de los demás a través de logros como el amor, el dinero, la salud o el éxito profesional entre otros. Sin embargo, otros autores, a los que me adscribo, señalan que la felicidad es más relativa que absoluta y que la felicidad (y la infelicidad) es más bien cosa del contexto estimular en el que se desarrolla.
Bajo esta concepción de la felicidad como hecho relativo se podrían entender –cosas inexplicables para la mayoría- como el hecho de que personas que tienen muchos bienes, riquezas o parejas estupendas se declaren infelices o terminen en la más absoluta ruina, mientras que personas que viven en la indigencia o terribles enfermedades se definan como tremendamente felices. Y que darían sentido a expresiones no difíciles de escuchar como “Dios da pan a quien no tiene dientes”, “los ricos también lloran” o “no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita”.
Sin embargo, la realidad del día a día nos muestra que las personas somos más amigas de explicaciones que mezclan a partes iguales los deseos personales del tipo “si yo hubiera sido el rico o famoso sería feliz” o achacando a características de una personalidad inmadura o desequilibrada la infelicidad del que tiene “de todo”.
Al respecto de la felicidad como hecho puntual y referido al contexto fue abordado por un Psicólogo Social de nombre Parducci quien propuso hace ya más de treinta años un sugerente modelo denominado del Rango-Frecuencia según el cual la felicidad se produce en base a dos principios; el del rango, que pone la felicidad de un hecho concreto en relación con la magnitud del estímulo comparado con la experiencia más placentera y la menos placentera en ese aspecto (p.ej. mi pareja actual es la mejor de todas las que he tenido); y el principio de frecuencia, que pone en relación la felicidad con la frecuencia relativa con la que ocurren hechos felices o infelices en tal aspecto (p.ej. cuántas de mis parejas anteriores me hicieron sentirme feliz).
Trasladado a nivel social podríamos decir que el valor que tiene para las personas un hecho que podríamos esperar nos aportara la felicidad (p.ej. la compra de un coche, una casa, una subida de sueldo, salir a cenar o gastar dinero en artículos que se supone deberían hacernos felices) depende directamente con la frecuencia con la que nos ocurre. Así, si una persona está acostumbrada a gastar y darse caprichos con cierta asiduidad, estos apenas le harán feliz –apenas al día siguiente habrá terminado- sino que, además, le resultarán menos gratificantes que a otra persona que lo haga a duras penas y además no será más feliz.
Del mismo modo y por el efecto contrario, se produce una consecuencia perversa y es que las personas que se han acostumbrado a un cierto nivel de vida basado en los caprichos continuos verán su pérdida como algo más amargo y serán más infelices que aquellos que no los tenían. En definitiva, la felicidad e infelicidad individual y de la sociedad depende de la magnitud de lo que gratifica y en la frecuencia con que podamos acceder a dichas gratificaciones.
¿Qué podría decirnos Parducci sobre lo que nos depara “La-Crisis” en cuanto a felicidad? Bien, pues la cosa no pinta nada bien ya que los españolitos nos hemos acostumbrado a vivir durante los últimos quince años sumidos en una orgía de gasto y caprichos (coches, casas, yates, motos, ropa, cenas semanales, copas, televisiones, segundas residencias, viajes, etc.) que si bien no nos han hecho más felices en términos absolutos si nos han hecho más vulnerables a la infelicidad.
En no poco tiempo, empezaremos a ver como las terrazas de los bares y restaurantes se vacían, los coches se quedan en los escaparates y la sociedad del gasto se retrae llevando a las personas a focalizar su atención en lo que no tienen y antes si llevándoles a un sentimiento de pérdida. Posiblemente las consultas de los psicólogos se llenarán y su figura ganará algún peso mediático. En general, los niveles de depresión y estrés se elevarán y con ellas otras tasas relacionadas como el alcoholismo. Las víctimas de “La-Crisis” se instalarán en el tejido social pero ya no a nivel material sino psicológico y moral, posiblemente y como dice –otro Psicólogo Social- de nombre Staub la “autoestima” a nivel colectivo, es decir, de la sociedad disminuirá lo que llevará a tratar de recuperarla pudiendo aparecer conductas violentas entre grupos y hacia “chivos expiatorios”.
Por tanto, “La-Crisis” no tendrá solo una vertiente económica o social, sino también psicológica y de salud de a saber qué magnitud. Y posiblemente, en esos indicadores de felicidad con los que nos regalan los sociólogos de vez en cuando, encontramos que los españoles ya no somos tan felices como antes e incluso que nos declaremos sumamente infelices.
Por tanto, el ajuste no solo será económico, sino también social y de valores. Buen momento este para estudiar la evolución de los mismos y ver si esos muchachos nacidos, crecidos y educados en la abundancia y el capricho son capaces de asimilar el cambio hacia valores de austeridad y esfuerzo como lo hicieron sus abuelos, o no.
Apenas he leído a nadie que hable de ello pero el cambio económico, el ajuste laboral y de sueldos no va a ser el único, ni siquiera el más importante.
Al menos, y utilizando el mismo modelo de Parducci siempre nos queda el consuelo de saber que en unos años y tras unos años de infelicidad, aprenderemos a ser felices con lo que tengamos –más bien poco comparado con ahora- y a largo plazo, si es verdad que “La-Crisis” se supera, volveremos a ser más felices, más que ahora.
